Hoy en día nos damos cuenta que la violencia contra la mujer es
el resultado de milenios de sociedades patriarcales. La familia científica
siempre ha sostenido que nuestros ancestros desarrollaron sociedades donde el
sometimiento de las mujeres y la autoridad del hombre eran cosas probadas. De
hecho, la relación hombre-mujer se entiende en términos de jerarquía y de
dominio más que en términos de igualdad y de ayuda mutua, es decir, de
complementariedad de tareas.
Hace 35 mil años, en el
Paleolítico, comienzan a estructurarse las primeras civilizaciones agrupadas en
clanes: hombres y mujeres vislumbran la finitud de la vida y conciben una
esperanza de la continuidad después d la muerte, y empiezan a establecerse unos
principios de espiritualidad. Este es el inicio de las primeras manifestaciones
artísticas. El arte es la mejor manera de poder interpretar aquello que una
civilización expresa de su día a día: costumbres, tareas y habilidades; en
síntesis, sus maneras de estar en el mundo. En las formas de religión primitiva
pueden observarse símbolos femeninos ocupando un rol protagonista.
En el Neolítico, hace 12 mil
años, la era de cobre y del bronce se caracterizan por una mirada de prestigio
hacia la feminidad. Las esculturas y representaciones femeninas son
consideradas de naturaleza divina. No se asociaba al varón con la gestación de
los hijos; suponían que la maternidad era producto de un soplo divino. Creían
que esta divinidad moraba en los bosques, y que las mujeres quedaban
embarazadas debido al poder de sus fuerzas.
En la antigua Europa, vivían en
valles planos, escogidos por su bello entorno, buena tierra y agua, y con
campos de pastoreo. La riqueza, en despliegues de símbolos de la naturaleza
asociados con el culto a la Diosa, da cuenta de la admiración por la belleza
del misterio de la vida. En estas sociedades reinaba la igualdad entre los
sexos y entre los pueblos.
Creta fue la última civilización
conocida donde la adoración de la Diosa sobrevivió a los tiempos históricos, su
estilo artístico vivaz y alegre, nos habla de su modo de vida y del progreso
que disfrutó en sus 4 mil años. La religión era un asunto feliz y el arte no
inmortalizó hechos de guerra.
El caos hizo estragos entre el
1500 y el 1100 a.C. Las bandas asolaron las zonas periféricas e invadieron
estas tierras de manera progresiva, ocasionando choques culturales y
desplazamientos de pueblos; los arios de la India, los kurgos de Europa
Oriental, los aqueos y más tarde los dorios en Grecia, llegaron con poderosos
guerreros y sacerdotes e impusieron sus dioses masculinos de la guerra y sus
modos de vida a los pueblos que conquistaron. La forma de dominar a las
antiguas culturas era matando a los hombres a niños y apoderándose de las
mujeres para favorecer el mestizaje. Una conducta que aún se pone en práctica
en pleno siglo XX como pudimos observar en la guerra de los Balcanes; con este
cambio en la estructura cultural, la figura del hombre se hace preponderante.
La mujer, en general, ocupa en el
mundo antiguo, un lugar humillante. En la India lo determinan las leyes de Manú,
escritas por los sacerdotes brahmanes; en China el patriarcado rebaja a la
mujer a la categoría de objeto; en Caldea y Asiria, el código de Hammurabi la
trata como esclava de su marido. En la tierra de Israel, la Palestina antigua,
el destino de la mujer era casarse y pasar de propiedad del padre a la del
marido, y tenía incapacidad jurídica. Era considerada impura durante el ciclo
menstrual o al parir un hijo y debía realizar ritos de purificación para poder
compartir nuevamente el lecho conyugal.
En Roma las mujeres quedaron bajo
la autoridad patriarcal y la sumisión al hambre era total, en el mundo romano
la mujer estaba destinada a la reproducción a partir de los doce años; las
esclavas servían para dar satisfacción a los amos y para la reproducción. Cuando
por fin la esposa puede retirarse del tálamo matrimonial, es la esclava la que
la sustituye. En el siglo I, con el
cristianismo, las mujeres de todas las clases sociales obtuvieron el derecho a
heredar bienes inmuebles sin autorización del padre o marido.
A finales del siglo XII, la
revolución gregoriana impuso el celibato y prohibió a las mujeres su
participación en los actos religiosos, incluso les prohibió participar en los
cantos religiosos. Es en esta época cuando se va imponiendo el poder de la
jerarquía católica romana en detrimento del poder del monasterio. La cultura se
traslada del monasterio a la universidad y se prohíbe el acceso a las mujeres.
Esta situación es aprovechada por el varón para impedir el acceso de las
mujeres a las profesiones liberales que hasta entonces desempeñaban, como eran
las de barbero o cirujano. En el siglo XIV la mujer ya es muerta civil y una
nueva legislación familiar hace de ella una incapacitada jurídica. Una
situación que se mantiene en los siglos XV y XVI. En el siglo XVII, el
protestantismo eleva la condición de la mujer: Cuáqueras y anabaptistas se
hacen misioneras. Hay una emigración al nuevo mundo que le promete mejoras. Sin
embargo, y aunque débilmente en el siglo XVIII aparecen voces que delatan sistema.
En 1792, Mary Wollstonecraft, una de las primeras mujeres feministas de la
historia, escribe un ensayo sobre derechos de la mujer. De hecho, las mujeres
apoyaron a Revolución Francesa, pero después de utilizar todos sus esfuerzos,
el código Napoleónico las sometió nuevamente a la voluntad del marido y se
volvió a decretar su muerte política.
El siglo XIX es el del
capitalismo salvaje, existe unanimidad contra el trabajo femenino y se declaran
huelgas cada vez que se contrata a una mujer, se las sometía a trabajos
esclavistas con remuneraciones misérrimas. En el siglo XX, con la primera
Guerra Mundial, se facilitó el trabajo de la mujer en las fábricas; entre otras
medidas, se crearon guarderías para sus hijos, porque era necesario disponer de
mano de obra. Después de la guerra parecía que se había conseguido la igualdad
entre hombres y mujeres alcanzando el tan ansiado “a igual trabajo, igual
salario”. Pero esto fue solo una ley, porque en realidad no se cumplió.vEn Latinoamérica, en estos
últimos 50 años, ha habido un avance en el número de mujeres presentes en la
economía, en la política y en la justicia. En este sentido, podemos destacar
que hubo presidentes de las Repúblicas de Argentina, Bolivia y Nicaragua. La
discriminación positiva en los países del primer y tercer mundo es un hecho
relevante. Por ejemplo, en Argentina la ley obliga a que el 33% de los miembros
de las listas de los partidos políticos sean mujeres.
Aunque a lo largo de la historia,
como hemos visto, la mujer ha sido temida y perseguida, aun hoy existen
sociedades regidas por culturas matriarcales, como en el Himalaya. Sin embargo,
ni nuestro pasado ni el presente pueden describir nuestro potencial; la
sociedad usa solo una parte de sus recursos; el resto se atrofia por el miedo,
las prohibiciones, los perjuicios y las ataduras a mitos antiguos y obsoletos.
El futuro depende de un pasado bien cicatrizado y un presente bien vivido.








